El planteamiento es simple: Eres una gota de agua (varios millones de moléculas de H2O)
Nos entontramos a la altura aproximada de de 8000 metros sobre el nivel del mar. Sin saber cómo ni cuándo nos comunican que estamos preparados; nos miramos y con una interrogación en nuestra composición acuosa y nos preguntamos ¡¿preparados para qué?!
Nos sobrecoje el vértigo de un descenso libre sin advertencia previa y sus consiguientes y dispares exortaciones a nuestro alrededor:
- “¡Pero que hijos de puta! ¡Yo no elegí caer!” - Maldice la asustada y blasfema esfera.
- “ Pues las vistas son mejor que en la nube la verdad...” - Dice la gotita bohémia y cínica.
- “ Si la velocidad de caída acelera con un múltiplo de 9.8 por cada segundo …” - Calcula la estudiosa.
Lo que está claro es que, quien más quien menos, mientras cae aprende. Y se prepara para lo que ha de acontecer, sí o sí.
A la vez que nos precipitamos cada una de nosotras fija su rumbo, nuestra trayectoria e intentamos que el viento nos ayude; algunas quieren caer en el mar, otras en la tierra árida, otras en un tiesto y otras simplemente quieren llegar acompañadas.
Así que de una forma totalmente sorprendente impáctamos en el suelo y lo hacemos con todo el estilo que podemos, obviamente nos rompemos, pero somos agua y el caer no nos hace daño. Yo soy yo: una preciosa gotita que acaba de chocar, salpicar y repartir su esencia en forma de crisol translucido donde he elegido. Mis compañeras han hecho lo mismo. Antes de desperdigarme en un millar de “mi mismas” reflexiono que nosotras, las resplandecientes gotitas, somos simple y maravillosamente vida.
Sabes que me he sentido extrañamente identificado. joder, me he sentido gota, te he sentido gota y nos he sentido lluvia...
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