Hoy echaba de menos a alguien y
echándole de menos, echándole de menos me he preguntado...
¿Cuánta gente se siente sola?
¿Cómo sobreviven a la soledad?
¿Cómo lo hacen para conocer a otros
como ellos?
¿Se olvidarán de lo sufrido cuando
encuentren a alguien?
¿En el caso de olvidarse... está eso
bien?
Entre este torbellino de cavilaciones
andaba yo bajando la pacifica calle Huertas dirección al Retiro. A
sido en ese instante en que me ha asaltado una punzada de vergüenza:
“¡Hostias, me siento solo!”.
He bajado un poco la cabeza, me he
arrebujado en mi anorac y he empezado a subir la cuesta que me
llevaba al parque mientras me preguntaba el porqué de ese
sentimiento de vergüenza. La respuesta ha ido, como acostumbra,
saliendo sola a la vez que me adentraba en los caminos de árboles
desnudos.
He sentido vergüenza porqué al andar
solo inducía a pensar a los que paseaban a mi alrededor que yo no
tenía nadie con quien ir, que no tenía la capacidad o el atractivo
para rodearme de gente con la que compartirme. En este punto no he
tenido más opción que sonreír aliviado. Esto sí que lo sé hacer.
He seguido rumiando sobre cuando fue la
última vez que me sentí así. De eso ya hace algún tiempo, pero en
esa ocasión fue una decisión meditada y cargada de ira. Lo que no
esperaba, esa vez, era encontrarme con paz al alejarme del mundo. Es
sorprendente lo mucho que aprende uno cuando empieza a escuchar
pausadamente lo que lleva media vida gritándose.
Otra vez sonrojado me he dado cuenta
que ya había aprendido sobre la soledad y a estar solo pero había
olvidado sus diferencias. Y peor aún, había olvidado la necesidad
que sentía en hablar un rato conmigo mismo.
Creo que lo había olvidado, sin darme
cuenta, al unirme al rechazo infundado que siente la gente por la
soledad. Sí, infundado. Y es que hay tipos y tipos de soledad;
obviamente algunos son negativos pero hay que ser un poco obtuso para
no comprender que, bien entendida y en su justa medida, es fuente de
liberación y tranquilidad.
Es increíble, me decía mientras me
internaba en los caminos y recovecos del parque, como la gente,
discretamente, condena la soledad. Como la apartan como si de la
peste se tratara... Quizá no quieran a admitir, me decía, que en su
vida también existe. ¿Por qué le tienen tanto miedo entonces? ¿Tan
desconocida o inexplorada es para ellos? ¿Hará falta valor real
para salir a la calle solo, sin esperar encontrarse con nadie?
Entre preguntas y andares he
llegado a la salida del recinto, la cual he decidido que serviría también como punto final para mis reflexiones del día.
Y es que supongo que hoy echando de menos a alguien he acabado
encontrádome de nuevo. Así que solo he podido añadir un mudo y sosegado:
- Váyase, está cerrado, no nos quedan
réquiems para los que se fueron.
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