Este es el interminable brindis que
nunca supe proclamar. El que apenas alguna vez me he atrevido a
empezar a balbucear en alto.
¡Por mis amigos!
Por aquellos que me han visto reír
hasta perder el aliento, los que en cada risotada sin aire, apenas
intuyéndolo, me daban pequeños tirones para que volviera al lado de
los vivos.
Por los que me han visto llorar, por
los que han aguantado estoicos esa lágrima que se llevaba mejilla
abajo la última gota de esperanza que me quedaba. Por los que han
estado cuando no sabiendo pronunciar ni una palabra, volvían a verme
llorar pero ahora de genuina felicidad.
Por los que se quedaron a mi lado sin
decir una palabra esperando que la tormenta no me arrastrara con
ella. Por los que supieron disparar más de cien consejos por minuto
para no dejarme pensar en el vórtice de hechos que me rodeaba.
Por los que con un porro, una cerveza y
una sonrisa me enseñaron a arreglar el mundo por muy mal que este se
empeñara en estar.
Por todos los que con cada miserable
victoria que alcanzaba la celebraban como se celebra el fin de una
guerra.
Por los que, a fin de cuentas, cuando
todo se esfuerza en irse a la mierda de nuevo se acercan y arriman el
hombro formando un muro y, como si su nobleza no fuera con ellos, te
cuentan un nuevo cuento que te hace reír. Y lo hacen solo para
demostrarte que con amigos uno puede ser capaz de reír sea cual sea
el infierno que le rodee. Qué putos…
Por mis amigos, mis supervivientes.
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